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La astrología es una disciplina milenaria que forma parte de la filosofía hermética transmitida en el antiguo Egipto a través de los Textos de las Pirámides. Existe una creencia muy extendida acerca de que ésta ciencia fue desarrollada desde el paleolítico como calendario metereológico, a través de la observación del cielo por parte de cazadores, pastores y agricultores. Pero más allá de esta hipótesis, derivada del paradigma científico materialista, la realidad hermética es que ésta disciplina forma parte de una tradición filosófica ancestral, de origen sagrado, que concibe al hombre como un microcosmos en correspondencia con el macrocosmos. La dificultad que encierra comprender esto, es el hecho de que la astrología es una ciencia ocultista que los egipcios encriptaron en lenguaje jeroglífico. Aun así, se sabe que la filosofía egipcia se basa en un culto solar de naturaleza estelar, en el que los ritmos cósmicos marcan la relación del ser humano con la Totalidad. Toda la mitología egipcia codificada en los Textos de las pirámides encierra un profundo significado astrológico, del que el hombre moderno no se apercibe porque no ha desarrollado el nivel de conciencia suficiente para comprenderlo. El significado encerrado en estos textos es de tipo analógico, obedece al principio de correspondencia cósmica y sigue una causalidad de carácter sincrónico y no diacrónico, debida a la naturaleza esférica del universo y la Totalidad.

En el Zodíaco egipcio de Dendera, bajorrelieve esculpido en el pórtico de una cámara dedicada al dios Osiris en el templo de Hator de Dendera, se puede observar claramente como la tradición egipcia poseía un conocimiento absolutamente preciso de las constelaciones celestes del hemisferio norte. Aunque se quiere situar esta obra en el periodo antiguo tardío, iniciado en el siglo IV a.C., hay que saber que egiptólogos como Champollión, Marriette o Lepsius, datan el inicio del reinado de Menes, primer faraón del imperio antiguo, en el milenio VI a.C., cerca de cuatro mil años antes de lo aceptado por la egiptología oficial, lo que sitúa el inicio del periodo predinástico en el milenio X a.C., y al zodíaco de Dendera en el IV milenio a.C. En todo caso, este bajorrelieve deriva del cuerpo de textos sagrados grabados en las cámaras ocultas de las pirámides, por lo que difícilmente éste pudo ser un conocimiento desarrollado por pastores y agricultores del neolítico, a no ser que se haga referencia metafórica a los sacerdotes egipcios como «pastores y agricultores de hombres». El hecho de que se haya colocado en el pórtico de una cámara dedicada al dios Osiris encierra un significado que es absolutamente pasado por alto, no sólo por el vulgo, sino por la comunidad científica. Osiris es el dios del inframundo, el mundo de los muertos, el mundo de aquellos que se hallan sometidos al gran inconsciente y permanecen esclavos de las fuerzas de la necesidad y el destino, fuerzas cósmicas que los antiguos griegos representaron en las tragedias acerca del desenlace fatal de la vida del hombre. El grabado representa un planisferio de estrellas en el que se muestran, entre todas las constelaciones del hemisferio norte, las constelaciones de los doce sectores de la eclíptica zodiacal, incluida la constelación de Libra, de la que se afirma fue descubierta al final de la Edad Antigua. Este planisferio se relaciona con el antiguo calendario de culto egipcio, que se regía por ciclos de treinta días y el orto heliaco de la estrella Sirio, lo que significa, además de que la astrología pertenece a una tradición mistérica egipcia, que la entidad constelacional de los grupos de estrellas zodiacales, como grupos de estrellas de primera magnitud, no es un convencionalismo mitológico inventado por los griegos. Las constelaciones tienen entidad natural porque se corresponden con la división de la eclíptica celeste en doce sectores de treinta días cada uno, definidos por el periodo de traslación de la luna alrededor de la Tierra, y de la Tierra alrededor del Sol, que marcan los doce meses y las cuatro estaciones del año. Su definición no es una cuestión mitológica sino geométrico-matemática.

A nivel de la realidad profunda mitología y matemáticas son la misma cosa, ya que ambas se refieren a la estructura que soporta el cosmos, solo que cada una lo hace en un lenguaje diferente. La mitología astrológica contenida en los Textos de las pirámides, representa la posición en la que se encuentra el ser humano en relación a la estructura geométrico-matemática del cosmos. El hombre se halla preso en el cosmos por estar sometido a las fuerzas de la necesidad y el destino, en lo que el hermetismo ha denominado «la región sublunar», región correspondiente a las fuerzas de la fatalidad que la antigua tradición griega ha codificado en forma de mitos de profundo significado psicológico. El dios Thot, dios de la sabiduría representando con un disco lunar en la cabeza o, en ocasiones, con una media luna en cuarto creciente, es el mensajero de Amón Ra, dios sol rector del sistema solar. Thot Hermes transmite a los hombres el mensaje divino para que estos se puedan liberar de las fuerzas cósmicas del destino y trascender la región del gran inconsciente, el inframundo osiríaco correspondiente a la región sublunar. La Luna subyuga a los hombres en un estado de mecanicidad inconsciente, mediatizando la influencia de todos los astros sobre el planeta Tierra y todos sus habitantes. El hermetismo es la doctrina que permite que los hombres se liberen de tal situación, de estar sometidos irremediablemente a la fatalidad de su destino. En palabras de Marcelo Merino Rodríguez, traductor y comentarista del Stromata de Clemente de Alejandría: «En Egipto se llamaba filosofía a una cierta literatura astrológica, entendida como una doctrina secreta, esencialmente religiosa, […] cierta unidad de esta doctrina justifica la atribución de la misma al presunto Hermes, […] En el helenismo egipcio se atribuyeron a Hermes, el tres veces grande, distintos libros sobre alquimia, astrología, magia, etc., que eran tenidos como libros sagrados y conservados por los sacerdotes. El dios Hermes Trismegistos es también la denominación griega del egipcio Theut, dios de la cantidad y del número, el autor de los escritos sagrados más antiguos […]». En este sentido, Diógenes Laercio, filósofo griego historiador de la filosofía clásica, del siglo III d.C., recoge un interesante testimonio acerca del carácter astrológico de la filosofía egipcia antigua: «En cuanto a la filosofía de los egipcios sobre los dioses y la justicia, era del modo siguiente. Decían que la materia [el éter] era el primer principio, y luego de ella se habían distinguido los cuatro elementos, y habían resultado al fin algunos animales. Los dioses eran el Sol y la Luna, llamado el uno Osiris y la otra Isis. Se los representaba enigmáticamente mediante un escarabajo, una serpiente, un halcón y otras figuras, según dice Manetón en su Epítome de teorías físicas y Hecateo en el primer libro de Sobre la filosofía de los egipcios. Se servían de estatuas y templos con el pretexto de no conocer la forma de la divinidad. El cosmos era engendrado, perecedero y esferiforme. Los astros eran fuego, y de su mezcla nacían las cosas terrestres. La Luna se eclipsaba al entrar en la sombra de la Tierra. El alma persistía después de la muerte y se traspasaba. Las lluvias se producían por una mutación del aire. Y trataban de las demás cosas físicas, según relatan Hecateo y Aristágoras. Habían compuesto también leyes sobre la justicia, que atribuyeron a Hermes. A los animales útiles consideraban como dioses. Dicen también que ellos inventaron la geometría, la astrología y la aritmética. Esto es lo que dicen sobre su inventiva.»

Tito Flavio Clemente, conocido como Clemente de Alejandría, un paleocristiano del siglo II d.C., en su escrito titulado Stromata, muestra este hecho haciendo referencia a un conjunto de tratados herméticos, ya desaparecidos, conocidos como los Cuarenta y dos Libros de Hermes, que recogían la antigua doctrina de los egipcios: «Los egipcios cultivan una determinada filosofía como propia; así lo demuestra en primer lugar su venerable práctica religiosa. […] [A continuación enumera una serie de cargos sacerdotales en relación a ritos y liturgias egipcias tardoantiguas basadas en los antiguos Libros de Hermes] […] Después del cantor el astrólogo, que porta en la mano un reloj y una palma, símbolos de la astrología. Éste debe de tener siempre en la boca los cuatro tratados de astronomía de los libros de Hermes: de ellos uno hace referencia a la disposición de las estrellas que aparecen fijas; otro al curso del sol, de la Luna y de los cinco planetas; otro a los eclipses e iluminaciones del sol y de la Luna; y el último, a los nacimientos [de los mismos]. […] Así pues los libros de Hermes son cuarenta y dos, y del todo necesarios. De ellos, los funcionarios mencionados se aprenden de memoria treinta y seis, que comprenden toda la filosofía de los egipcios; los otros seis competen a los pastóforos, y tratan sobre la ciencia médica: lo relativo a la fisiología del cuerpo, a las enfermedades, a los instrumentos médicos, a las medicinas, a las afecciones de los ojos y, en fin, a  la ginecología. Tratando de ser breve, esto es lo que se refiere a los egipcios.» Esta tradición fue transmitida en la Edad Antigua de Egipto a Grecia por sabios egipcios como Nechepsos y Petosiris, no solo a la península Ática sino a todo el territorio por el que se extendía la cultura griega, y desde allí, en un momento desconocido de la historia, fue transmitida al resto de culturas del mundo antiguo como Sumeria, Persia, la India y China. Si bien los sabios caldeos desarrollaron la astrología como ciencia, es decir, la astrología sistemática o predictiva, y la transmitieron a los griegos, en este caso se hace referencia a la astrología filosófica, que, en realidad, es la disciplina original de la que deriva la astrología sistemática, de la cual los estoicos realizaron la formulación más accesible actualmente para el hombre contemporáneo. Esta realidad se basa en el hecho referido de que las dataciones acerca de la historia oficial de Egipto están desfasadas cuatro mil años, y que la primera civilización de la actual era no fue la sumeria, sino la egipcia. Nechepsos fue un faraón saita del siglo VII a.C., mencionado en los Epítomes de Manetón, que reino en Egipto bajo la dinastía de Nubia, supuestamente entre el 678 y el 672 a.C. Petosiris fue un sabio del siglo IV a.C. que ejerció como sumo sacerdote del dios Thot en Hermópolis Magna, y que escribió un tratado de astrología dedicado al rey Nechepsos, que sirvió para la difusión de esta, siendo fuente de inspiración y referencia fundamental para que Claudio Ptolomeo desarrollara su Tetrabiblos en el siglo II d.C., obra de referencia para la la astrología, la astronomía, la física, la química y las matemáticas del toda la Edad Media y el Renacimiento.

Estos sabios y otros sacerdotes anónimos, sirvieron de maestros iniciadores de los filósofos griegos en el culto hermético que se practicaba en los templos egipcios. Entre los filósofos presocráticos practicantes de astrología y astronomía se encontraban Solón, Anaxágoras, Tales, Pitágoras, Anaximandro, Anaximenes, Demócrito, Eudoxo, Parménides y Empédocles. Estos sabios eran alumnos de los sacerdotes egipcios, y recibían iniciación en sus templos así como instrucción en hermetismo filosófico y ciencias derivadas de éste como las matemáticas, la geometría, la astronomía y la astrología. Este hecho ha sido negado indirectamente, por el materialismo científico, afirmando que los conocimientos en astronomía y astrología de los presocráticos provenían de sus contactos con la la tradición caldea y babilónica. Existen testimonios de que los filósofos presocráticos tuvieron contacto con sacerdotes caldeos, pero este dato no se puede utilizar para encubrir el hecho histórico de que la filosofía griega derivó de la filosofía egipcia, y que los presocráticos manejaban conceptos astrológicos integrados en sus planteamientos filosóficos. El historiador griego Diodoro de Sicilia, del siglo I a.C, habla con gran claridad y resolución acerca del origen egipcio de la filosofía y la astrología griega, aportando los nombres de algunos de los sabios educados en esta tradición: «Examinadas estas cosas por nosotros, hay que citar cuántos griegos célebres por su inteligencia y educación se desplazaron a Egipto en los tiempos antiguos para que participaran de las costumbres y de la educación de allí. Los sacerdotes de los egipcios relatan en su historia, a partir de las escrituras de los libros sagrados, que se desplazaron hasta ellos en la Antigüedad Orfeo, Museo, Melampo y Dédalo; y, además de éstos, Homero, el poeta, y Licurgo, el espartano, y aún Solón de Atenas, y Platón, el filósofo, y fue también Pitágoras de Samos, y el matemático Eudoxo y aún Demócrito de Abdera, y Enópides de Quíos. Muestran señales de todos éstos; de unos imágenes y, de otros, lugares o construcciones homónimas en su denominación; y aducen pruebas de la ciencia elegida por cada uno, demostrando que fue importado de Egipto todo aquello por lo que fueron admirados entre los griegos. […] Licurgo, Platón y Solón dispusieron muchas de las costumbres de Egipto en sus propias legislaciones. Y Pitágoras aprendió de los egipcios su idea de lo sagrado, sus teoremas de geometría, los números y aún lo de la transmigración del alma a todos los animales. Suponen también que Demócrito permaneció cinco años entre ellos y fue instruido en muchos aspectos de la astrología. […] Igualmente, también Eudoxo obtuvo una notable gloria, al haber practicado la astrología entre ellos y haber transmitido a los griegos muchas cosas útiles.»

En consecuencia, se puede comprender cómo la filosofía griega tuvo su origen en el ocultismo egipcio, y esta se hallaba en íntima relación con conocimientos matemáticos, geométricos, cosmológicos y astrológicos. De hecho, durante la antigüedad y la Edad Media no se diferenciaba la astrología de la astronomía, consideradas dos vertientes de la misma ciencia, y se hacía referencia a los astrólogos como los matemáticos. Flavio Aecio, general romano del siglo IV d.C., declara en uno de sus escritos acerca de Tales de Mileto, fundador de la primera escuela filosófica griega en el siglo VI a.C., la escuela jónica, y uno de los maestros de Pitágoras: «Τales, Pitágoras y sus seguidores han dividido la esfera del cielo íntegro en cinco círculos, que denominan zonas. Una de ellas es la llamada ártica y es siempre visible; otra, trópico estival; otra equinoccial; otra, trópico invernal, y otra antártica e invisible. Oblicuo a las tres zonas centrales se ve el llamado zodíaco, que cae sobre las tres del medio. El meridiano, en cambio, las corta a todas en línea recta desde el ártico hasta el polo opuesto.» Aristóteles también aporta un testimonio significativo acerca de los conocimientos astrológicos de Tales, en su Política: «En efecto, como lo injuriaban por su pobreza y por la inutilidad de la filosofía, se dice que, gracias a sus conocimientos astronómicos, pudo saber cómo sería la cosecha de aceitunas. Así, cuando era aún invierno y tenía un poco de dinero, tomó mediante fianza todas las prensas de aceite de Mileto y de Quíos, arrendándolas por muy poco, pues no había competencia. Cuando llegó la oportunidad y todos a la vez buscaban prensas, las alquiló como quería, juntando mucho dinero, para demostrar qué fácil resulta a los filósofos enriquecerse cuando quieren hacerlo.» Pero el testimonio más preciso acerca de los conocimientos astrológicos y astronómicos de Tales, lo facilita Heródoto, que en su Historia relata la predicción del filósofo de un eclipse solar total, visible desde Asia Menor, que tuvo lugar el 28 de Mayo del año 585 a.C.: «[…] se entabló entre los lidios y los medos una guerra que duró cinco años, en el transcurso de los cuales, unas veces, los medos vencieron a los lidios y, otras, los lidios a los medos. Y durante esos años hasta libraron un combate nocturno; llevaban la guerra con suerte equilibrada, cuando, en su quinto año, ocurrió en el curso de un combate que, en plena batalla, de improviso el día se tornó en noche. Tales de Mileto, por cierto, había predicho a los jonios que se produciría esa inversión del día, fijando su cumplimiento en el ámbito del año en el que justamente se produjo la inversión.»

Continuando con la tradición astrológica de la filosofía milesia, Plinio el Viejo, científico naturalista del siglo I d.C., hace un curioso comentario sobre Anaximandro de Mileto, discípulo de Tales y compañero de Pitágoras en la escuela milesia, en su tratado titulado Historia natural: «Haber comprendido la oblicuidad del zodíaco -lo cual significa haber abierto la puerta [hacia la comprensión] de las cosas- es asignado por la tradición a Anaximandro de Mileto por primera vez en la olimpiada quincuagésimo octava.» Este comentario hace referencia al hecho de que la trayectoria aparente del Sol sobre el cinturón de las constelaciones zodiacales, que define lo que es la eclíptica zodiacal y su oblicuidad en relación al ecuador terrestre, permite la ubicación del planeta Tierra y, en consecuencia, del hombre, en relación a la Vía Láctea y la totalidad del universo. Hay que comprender que la eclíptica zodiacal resulta de la ley de los ciclos cósmicos mediatizada por los planetas en el sistema solar, y se relaciona con los ciclos estacionales así como con los ciclos de la vida humana. Pitágoras de Samos, compañero de Anaximandro en la escuela de Tales, compartía estas concepciones cosmológicas, como muestra el siguiente fragmento de Diógenes Laercio, filósofo griego historiador de la filosofía clásica, del siglo III d.C., que recoge la siguiente cita al respecto: «Por lo demás, fue también el primero en denominar cosmos al cielo, y esfera a la Tierra. Sin embargo, según Teofrasto, lo hicieron así Parménides y, según Zenón, ya Hesíodo.» Estas concepciones cosmológicas fueron desarrolladas por la escuela pitagórica ampliamente en el período presocrático, especialmente por dos discípulos de Pitágoras, como fueron Hicetas de Siracusa y Filolao de Crotona, ambos del siglo V a.C. Marco Tulio Cicerón, filósofo estoico del siglo I a.C., escribe en su obra titulada Cuestiones académicas, sobre una declaración de Teofrasto, discípulo directo de Aristóteles, que defiende que Hicetas explicaba que las estrellas fijas se movían por la rotación oblicua de la Tierra sobre su propio eje y en alineación con el cinturón de constelaciones zodiacales: «la Tierra gira y pivota sobre su eje a muy alta velocidad.» Teofrasto también declara que Hicetas fue quién formuló, o al menos divulgó, la hipótesis pitagórica de la antitierra. Por su parte Filolao, proclamaba un universo esférico, determinado por números que le otorgan la posibilidad de movimiento regular y predecible, en el que astros y planetas giran según trayectorias circulares, y que la Tierra, en especial, gira sobre su eje y en torno a un fuego central, señalizando, no solo la esfericidad de la Tierra, sino también sus movimientos de rotación, sobre sí misma, y traslación, alrededor del Sol.

A pesar de que los filósofos griegos no se dedicaron a desarrollar la astrología en su carácter  sistemático como ciencia predictiva hasta el período tardoantiguo, unos cinco siglos después que la tradición mesopotámica, si que se puede decir que sus planteamientos filosóficos tienen un claro trasfondo astrológico que normalmente es ignorado por ser expuesto de forma velada. En los diálogos platónicos Critias y Timeo, se presentan de forma encriptada una serie de planteamientos fundamentales de la astrología filosófica. En estas citas un sacerdote del templo de Neith en la ciudad egipcia de Sais explica a Solón, uno de los grandes sabios de Grecia, del siglo VII a.C., una serie de conceptos relacionados con la mediación astral de los apocalipsis geológicos, la correspondencia entre los dioses astrales, las regiones terrestres, y el control de los colectivos humanos que las pueblan: «[sacerdote] Todos [los griegos] tenéis almas de jóvenes, sin creencias antiguas transmitidas por una larga tradición y carecéis de conocimientos encanecidos por el tiempo. Esto se debe a que tuvieron y tendrán lugar muchas destrucciones de hombres, las más grandes por fuego y agua, […]. La historia, aunque relatada como una leyenda, se refiere, en realidad, a una desviación de los cuerpos que en el cielo giran alrededor de la Tierra y a la destrucción, a grandes intervalos, de lo que cubre la superficie terrestre por un gran fuego. […]». Otro pasaje explica: «En una ocasión, los dioses distribuyeron entre sí las regiones de toda la Tierra por medio de la suerte, […]. Una vez que cada uno obtuvo lo que le agradaba a través de las suertes de la justicia, poblaron las regiones y, después de poblarlas, nos criaron como sus rebaños y animales, como los pastores hacen con el ganado, […]. Actuaban sobre el alma por medio de la convicción como si fuera un timón, según su propia intención, y así conducían y gobernaban todo ser mortal.» También se puede leer: «En aquel tiempo, pues, la diosa [Atenea] os impuso a vosotros [los griegos] en primer lugar todo este orden y disposición, y fundó vuestra ciudad después de elegir la región en que nacisteis, porque vio que la buena mezcla de estaciones que se daba en ella podría llegar a producir los hombres más prudentes. Como es amiga de la guerra y de la sabiduría, eligió primero el sitio que daría los hombres más adecuados a ella y lo pobló. Vivíais, pues, bajo estas leyes y, lo que es más importante aún, las respetabais y superabais en virtud a todos los hombres, como es lógico, ya que erais hijos y alumnos de dioses.» 

En el Timeo se puede leer acerca de la escatología griega, de procedencia órfico-pitagórica y origen hermético: «[…] Una vez que hubo compuesto el conjunto, lo dividió en un número de almas igual a los cuerpos celestes y distribuyó una en cada astro. Después de montarlas en una especie de carruaje, les mostró la naturaleza del universo y les proclamó las leyes del destino. […] Cuando se hubieran necesariamente implantado en cuerpos, […] Si lo dominaran, [al cuerpo] habrían de vivir con justicia, pero si fueran dominados, en injusticia. El que viviera correctamente durante el lapso asignado, al retornar a la casa del astro que le fuera atribuido, tendría la vida feliz que le corresponde, pero si fallara en esto, cambiaría de naturaleza en la segunda generación; y si en esta vida aún no abandonara el vicio, sufriría una metamorfosis hacia una naturaleza animal semejante a la especie del carácter en el que se hubiera envilecido. […] Después de establecer estas leyes para no ser culpable luego del vicio de cada una, las plantó, unas, en la Tierra, otras, en la Luna, y las demás, en los restantes instrumentos del tiempo [los planetas]». En todo caso, es importante diferenciar entre la ciencia astrológica, desarrollada en Babilonia por los astrólogos caldeos, y la filosofía astrológica. La filosofía astrológica proviene de Egipto, se halla contenida en los Textos de las pirámides y en toda la mitología egipcia, y fue desarrollada de forma oculta a través de la mitología y la filosofía griega. Aunque ambos planteamientos provienen de la astrología hermética del país del Nilo, la diferencia es que la ciencia astrológica supone un planteamiento lógico de carácter orientativo y predictivo, que define lo que se conoce como astrología sistemática, mientras que la filosofía astrológica implica un método ontológico de trascendencia espiritual. Esto equivale a contraponer la astrología como representación analógico-predictiva, a la astrología como práctica filosófica operativa dirigida al desarrollo del espíritu humano.

En la Edad Antigua tardía se desarrolló en Alejandría la cultura helenística, que suponía una mezcla entre la cultura egipcia y la cultura griega. En este periodo la astrología hermética fue plasmada en una serie de textos filosóficos cuyos vestigios se hallan recopilados en los denominados Hermética filosóficos. Junto a este grupo de textos, entre los que se halla el conocido Corpus Hermeticum, hay que mencionar especialmente el Liber Hermetis, trabajo en el que se hace una exposición de la antigua astrología filosófica manejada por la tradición hermética. Los Extractos de Estobeo, conjunto de tratados herméticos contenidos en los Hermética philosóphica, dan una muestra de la profunda filosofía astrológica manejada en el antiguo Egipto: «[…] los treinta y seis decanos están ordenadamente dispuestos bajo el círculo de este cuerpo, es decir, entre el círculo del todo y el círculo del zodíaco, de modo que separan a ambos círculos, de una parte levantando a aquel y, de otra, delimitando el del zodíaco; son transportados conjuntamente con los planetas, alternativamente con los siete, y tienen la misma potencia que el movimiento del todo. […] Advertimos, por tanto, que los decanos [ejercen su influencia sobre] las esferas de los siete [planetas] y sobre el círculo total, o mejor, que, como centinelas de todo lo que hay en el cosmos, influyen sobre todas las cosas, manteniendo unido el conjunto y custodiando la ordenada disposición de todas las cosas. […] la energía de todos los acontecimientos universales, hijo, procede de ellos; […] los cambios de reyes, las sublevaciones de ciudades, las hambres, las pestes, los reflujos de la mar y los seísmos de la tierra. Piensa que nada de esto sucede sin la energía de los decanos. Ten en cuenta además que si los decanos están al cuidado de los astros y nosotros estamos sometidos a los siete [planetas] ¿no te das cuenta que ha de llegar hasta nosotros alguna influencia de aquellos, bien se trate de sus hijos [los démones] bien a través de los planetas?». Estos textos constituyen la primera manifestación histórica explícita de la astrología filosófica de origen hermético, ya que hasta entonces ésta se hallaba encriptada tanto en textos jeroglíficos egipcios de acceso restringido, así como en los planteamientos mitológicos y filosóficos de la tradición griega. 

En este periodo antiguo tardío, la astrología filosófica derivó, en la cultura griega, en la astrología sistemática, la ciencia predictiva que había sido especialmente desarrollada por la tradición caldea. A su vez, este sería el germen a partir del cual se desarrollaría la astrología en su interpretación moderna, a manos de sabios griegos como Hiparco de Nicea, del siglo II a.C., Marco Manilio, del siglo I d.C., Claudio Ptolomeo, del siglo II d.C., Vettius Valens, del siglo II d.C. y Fírmico Materno, del siglo IV d.C.. Estos sabios, de una forma u otra estaban en contacto con la tradición helenística alejandrina, la que constituía una helenización de la filosofía egipcia ancestral. Una prueba irrefutable de este hecho, y del grado de refinamiento que esta disciplina alcanzaba, es esta declaración de Manilio, en su obra del siglo I d.C. titulada Astronomicom, acerca de la esfericidad de la Tierra: «Tú, dios de Cilene [Hermes], eres el autor y el origen de esta gran tradición sagrada. Gracias a ti, conocemos los límites más lejanos del cielo, las constelaciones, los nombres y movimientos de las estrellas, su importancia y su influencia. […] tú hiciste que la humanidad averiguara la manera en la que Dios es lo más supremo. […] Por tanto, la Tierra tiene asignado un espacio hueco en el centro de la atmósfera, equidistante en cada punto del nadir. No se extiende en un plano, sino que tiene la forma de una esfera, que se eleva y se deprime similarmente en cada punto. Ésta es su forma natural. Así, el propio universo, porque da vueltas y vueltas, asigna una forma esférica a las estrellas. Vemos que el Sol y la Luna son redondos, esféricos: la  Luna recibe luz en su cuerpo esférico, pero su globo no recibe en su totalidad los rayos del sol, que la alcanza en ángulo oblicuo.» Desde luego estas declaraciones sobre la redondez de la Tierra, realizadas mil quinientos años antes de Galileo, dan mucho que pensar acerca de la versión oficial sobre la historia de la ciencia y los inicios de la astronomía en la Edad Moderna. Parece ser que Galileo Galilei estaba redescubriendo en el siglo XVI algo que la tradición hermética egipcia manejaba en secreto, en una extraña discreción, desde hacía ya unos cuantos milenios. Existen aún anteriores declaraciones acerca de la forma anular, elíptica y redondeada de la Tierra, en este caso referidas a Anaximandro de Mileto, del siglo VI a.C., realizadas por Plutarco de Queronea en su presunta obra Estromas, en el siglo II d.C.: «En cuanto a la forma de la Tierra es cilíndrica, y su espesor es un tercio de su ancho.» Aunque despista el hecho de que diga que el globo terrestre es cilíndrico, hay que observar la proporción que define entre su altura y su ancho, siendo la altura un tercio de la distancia del ancho, lo que convierte el cilindro en una elipse, un cilindro abombado, que es la forma real del planeta. Hipólito de Roma, un paleocristiano del siglo II d.C., insiste en este concepto en una cita en relación a Anaximandro: «Su forma [de la Tierra] es anular, redonda, semejante a una columna de piedra; en una de sus superficies planas estamos situados, pues hay otra antípoda.» Diógenes Laercio recoge una interesante cita sobre Pitágoras, compañero de Anaximandro en la Escuela milesia: «Por lo demás, [Pitágoras] fue también el primero en denominar cosmos al cielo, y esfera a la Tierra. Sin embargo, según Teofrasto, lo hicieron así Parménides y, según Zenón, ya  Hesíodo.» En efecto, se puede comprobar como hay múltiples testimonios que demuestran que los filósofos antiguos conocían la esfericidad de los cuerpos celestes. Diógenes Laercio aporta otro testimonio acerca del conocimiento que los antiguos estoicos tenían, en el siglo III a.C., acerca de la redondez de la Tierra, el resto de los astros y estrellas, así como el macrocosmos: «De los astros, los fijos están sujetos al movimiento circular con el cielo entero, mientras que los astros errantes [planetas] se mueven de acuerdo a movimientos particulares. El Sol cubre un trayecto oblicuo a través del círculo del zodiaco. De modo semejante la Luna lo hace de figura helicoidal. El Sol es fuego puro, como dice Posidonio en el libro séptimo de Sobre los fenómenos celestes, y es mayor que la Tierra, según él mismo en el libro sexto de su Tratado de física. Por otra parte también es esférico, según dicen él y su escuela, análogamente al mundo. […] Opinan que son esféricos tanto los demás astros como la Tierra, […].»

Además de conocerse la forma redondeada de la Tierra dos mil años antes de Galileo, el heliocentrismo copernicano era referido por filósofos griegos como Aristarco de Samos, quien ya en el siglo IV a.C. manejaba concepciones astronómicas y astrológicas que ponían al sol como centro del sistema planetario en el que se encuentra la Tierra. El inconveniente es que los escritos de Aristarco se perdieron «accidentalmente» en uno de los incendios de la biblioteca de Alejandría, y lo que se conserva de su obra son mínimas citas de otros autores. Arquímedes de Siracusa, físico e inventor contemporáneo de Aristarco, escribe acerca de esto: «Tú, rey Gelón, estás enterado de que el universo es el nombre dado por la mayoría de los astrónomos a la esfera cuyo centro es el centro de la Tierra, mientras que su radio es igual a la línea recta que une el centro del sol y el centro de la Tierra. Esta es la descripción común como la has oído de astrónomos. Pero Aristarco ha sacado un libro que consiste en ciertas hipótesis, en donde se afirma, como consecuencia de las suposiciones hechas, que el universo es muchas veces mayor que el universo recién mencionado. Sus hipótesis son que las estrellas fijas y el Sol permanecen inmóviles, que la Tierra gira alrededor del Sol en la circunferencia de un círculo, el Sol yace en el centro de la órbita, y que la esfera de las estrellas fijas, situada con casi igual centro que el Sol, es tan grande que el círculo en el cual él supone que la Tierra gira guarda tal proporción a la distancia de las estrellas fijas cuanto el centro de la esfera guarda a su superficie.»  Teón de Esmirna, filósofo y matemático griego del siglo I d.C., aporta un testimonio que refiere a Anaximandro de Mileto el concepto heliocentrista en la filosofía presocrática, en el siglo VI a.C.,: «Anaximandro dice que la Tierra está suspendida libremente, y que se mueve en torno al centro del universo.» El centro del universo para los milesios, como para los pitagóricos, ya que Pitágoras se educó en esta escuela en su juventud, era un gran fuego central, es decir, el sol entorno al que orbita nuestro sol a lo largo de la eclíptica helíaca de las constelaciones zodiacales. Como se hace evidente, estas referencias datan de dos milenios antes de la revolución científica de la Edad Moderna, y además de haber sido destruidas sus fuentes, los pocos fragmentos que quedan de las mismas son filtrados en su interpretación original por el rechazo latente que la ciencia moderna tiene de la cosmología hermética tradicional que se halla encerrada en toda la filosofía antigua, los presocráticos, el platonismo, el estoicismo y el neoplatonismo.

La influencia de la filosofía astrológica sobre los presocráticos, y especialmente sobre la doctrina pitagórica, dio el fundamento científico para que Hipócrates de Cos, médico griego miembro de la escuela pitagórica, estableciera en el siglo V a.C. los fundamentos de la medicina occidental. Hipócrates era discípulo de un discípulo directo de Pitágoras llamado Alcmeón de Crotona y, siguiendo los planteamientos de este, desarrolló las principales concepciones pitagóricas en el ámbito médico. Como ya se ha mostrado, Pitágoras fue sacerdote en un templo egipcio durante veintidós años, de manera que su doctrina constituyó un desarrollo filosófico del hermetismo en Grecia. Hipócrates aplicó este desarrollo al tratamiento médico, en especial aplicó la doctrina de los elementos al tratamiento de las afecciones del cuerpo humano, como desmuestra su doctrina médica de los cuatro humores asociados a las características de los cuatro elementos. En el siguiente texto, extraído del Corpus Hipocraticum, el padre de la medicina hace referencia directa a la relación de ésta ciencia médica con la astrología: «Así, cuando se llega a una ciudad desconocida, es preciso preocuparse por su posición: como está situada con respecto a los vientos y a la salida del sol. Pues no tiene las mismas propiedades la que mira al norte que la que da al sur, ni la orientada hacia el sol saliente, que la que mira al poniente. […] Según transcurre el tiempo y pasa el año, [el médico] podrá decir cuántas enfermedades generales van a atacar la ciudad en verano o en invierno, y cuantas enfermedades particulares es de temer que le ocurran a cada uno a causa de un cambio en su dieta [hábitos de vida]. Pues quien conoce los cambios de las estaciones y la salida y ocaso de los astros, a la vista de cómo ocurre cada uno de estos hechos, podrá prever cómo va a ser el año. Al reflexionar y prever de este modo, conocerá perfectamente la ocasión oportuna de cada caso, conseguirá curar en la mayor parte de las ocasiones y obtendrá un éxito grandísimo en la ciencia médica. Si alguien pensara que esos datos son propios de la meteorología, en caso de cambiar de criterio, sabrá que la astrología contribuye a la medicina, no en poquísima, sino en grandísima medida. En efecto, los órganos internos les cambian a los hombres juntamente con las estaciones.» En esta introducción a uno de sus más importantes tratados, Sobre los aires, aguas y lugares, Hipócrates relaciona la salud del hombre con el ecosistema ambiental en el que éste vive, tanto geológico como meteorológico, según una hermética correspondencia entre el microcosmos humano y el macrocosmos astral.

Entrando en el periodo helenistico tardoantiguo, Marco Tulio Cicerón, filósofo estoico del siglo I a.C., en su conocido opúsculo titulado El sueño de Escipión, presenta claramente la escatología hermética propia de la filosofía astrológica, la que ha sido atribuida por la tradición académica al pitagorismo, de forma acertada, pero ignorando que la procedencia original es hermética: «Yo miraba todo aquello estupefacto, pero cuando recobré la serenidad: ¿qué es?, le dije, ¿qué es esa música tan encantadora y tan dulce que llega a mis oídos? Es, me contestó, aquella que está compuesta por intervalos desiguales que, con todo, se caracteriza por tener una proporción racional; la produce el impulso y el movimiento de las esferas, y, gracias a la combinación de los sonidos agudos con los graves, produce a su vez acordes armoniosamente variados. Es indudable que unos movimientos tan asombrosos no pueden llevarse a efecto en silencio, y la naturaleza quiere que los cuerpos que se hallan en un extremo produzcan sonidos graves y que los que están en el otro produzcan sonidos agudos. Por esta razón, la órbita superior del cielo, la que contiene las estrellas, cuya rotación es la más rápida, se mueve con un sonido agudo e intenso, en tanto que la de la Luna, la más baja, lo hace con el sonido más grave. La Tierra, por su parte, la novena esfera, permaneciendo inmóvil, se mantiene siempre en su posición, situada en el centro del mundo. [concepto geocéntrico propio de la filosofía astrológica, no astronómico] Así pues, estás ocho órbitas, dos de las cuales son equivalentes, producen siete sonidos distintos por sus intervalos. Este número es, por decirlo así, la clave de todas las cosas. Los sabios lo han imitado en las cuerdas de las liras y en los cantos, de suerte que se han abierto un camino de regreso hacia este lugar, al igual que otros que cultivaron con remarcable inteligencia el estudio de las ciencias divinas durante su vida humana.» El concepto geocéntrico que presenta el filósofo es astrológico, no astronómico, es decir, hace referencia a elementos formales de la astrología filosófica, como la anábasis del alma tras la muerte física, o la determinación de los cuerpos celestes sobre el destino de los hombres.

La astrología filosófica, como la sistemática, es de carácter tropical geocéntrico, basada en los doce sectores de la eclíptica terrestre, y referida a la doctrina de los siete cielos, o siete órbitas planetarias de Mercurio a Saturno, y no al sistema heliocéntrico de las constelaciones astronómicas reales. La incapacidad de diferenciar esta doctrina filosófica de proyección astral, formulada geocéntricamente en relación a la evolución de ser humano, del estudio astronómico del cielo, se debe a que esta doctrina hermética ha sido mantenida en una secreta ambigüedad que llevase a confusión a los profanos, lo que ha llevado a creer, ingenuamente, que los antiguos manejaban un sistema astronómico geocéntrico. Es por esta razón que Johanes Kepler, astrónomo y matemático alemán del siglo XVII d.C., clave en la revolución científica ilustrada, declaró que los pitagóricos conocían perfectamente el heliocentrismo, pero que ocultaban su conocimiento por obligación de secreto. Esta declaración se halla en su obra titulada Epítome de astronomía copernicana donde escribe lo siguiente: «muchas sectas esconden a propósito su enseñanza.» Resulta absurdo sostener la creencia científica de que las cosmologías platónica, aristotélica y estoica, eran de tipo geocéntrico, cuando ya la escuela pitagórica, con Hicetas de Siracusa y Filolao de Crotona, filósofos presocráticos del siglo V a.C., como portavoces, había dejado bien claro un sistema cosmológico heliocéntrico, rechazando explícitamente la centralidad e inmovilidad de la Tierra, y defendiendo la esfericidad de la Tierra y el cosmos. Platón era pitagórico en los aspectos más cruciales de su doctrina, como demuestra su diálogo cosmológico Timeo, de manera que la cosmología heliocéntrica estaba en perfecto conocimiento de Aristóteles, discípulo directo de Platón, y de los estoicos, ya que Zenón de Citio, primer estoico, fue discípulo de discípulos de Platón y Sócrates, entre otros. En muestra de esto Cicerón escribe en su obra titulada Cuestiones académicas, sobre una declaración de Teofrasto, discípulo directo de Aristóteles, que defiende que el filósofo pitagórico Hicetas explicaba que las estrellas fijas se movían por la rotación oblicua de la Tierra sobre su propio eje y en alineación con el cinturón de constelaciones zodiacales: «la Tierra gira y pivota sobre su eje a muy alta velocidad.»

La supuesta cosmología geocéntrica antigua es, en realidad, una falacia creada en la antigüedad por la física aristotélica y en el medievo por la ignorancia del pseudocristianismo, que interpretó el modelo astronómíco matemático de un discípulo de Platón llamado Eudoxo, así como el aristotélico, derivado de este, como un modelo estructural del sistema solar cuando este no era más que un modelo de cómputo matemático de los movimientos planetarios vistos desde la Tierra. En el siguiente fragmento de su obra titulada Sobre la naturaleza de los dioses, Cicerón demuestra no solo el preciso conocimiento astronómico matemático poseído por los estoicos en el siglo I a.C., sino el hecho de conocer perfectamente que la Tierra es esférica: «Resulta que son dos los tipos de astros, uno de los cuales jamás se desvía un solo paso de su curso, mientras se desliza, a través de órbitas invariables, de oriente a occidente; el otro tipo, en cambio, realiza dos rotaciones interrumpidas (referencia al fenómeno de movimiento relativo de retrogradación de los planetas del sistema solar, visto desde la Tierra, razón por la que se los denominó errantes), a través de aquellas mismas órbitas y de los mismos cursos. Gracias a una y otra circunstancia son reconocibles tanto el girar del mundo, algo que no podría darse, si no tuviera la forma de un globo, como los recorridos circulares de las estrellas. Para empezar por el Sol, que ostenta el lugar principal entre los astros, se mueve de tal manera que, cuando ha colmado con su larga luz las tierras, procede a oscurecerlas, unas veces desde una parte y otras desde otra, porque es la propia sombra de la Tierra la que, al situarse frente al Sol crea la noche. Por otra parte, existe el mismo equilibrio entre sus órbitas nocturnas y las diurnas, y son los accesos limitados desde Sol, así como sus recesos, los que regulan el límite del frío y del calor. Y resulta que es el recorrido de trescientas sesenta y cinco revoluciones solares, añadida casi la cuarta parte de un día, el que configura la rotación de un año. El Sol, por otra parte, desviando su curso unas veces hacia los septentriones y otras hacia el mediodía, crea los veranos, los inviernos y las otras dos estaciones, una de las cuales viene a añadirse al invierno que declina, y la otra al verano. En consecuencia, el inicio y la causa de cuanto se cría en la tierra y el el mar se derivan de la alternancia de las cuatro estaciones. Además, la Luna recorre los cursos anuales propios del Sol en órbitas mensuales. La proximidad al Sol de su tránsito hace que su luz sea sumamente tenue, mientras que cada uno de sus larguísimos alejamientos hace que esa luz sea llenísima. […] Es grande la discusión referente a cuál es la longitud de este giro; ahora bien, será necesariamente de carácter invariable y bien determinado. La que se llama estrella de Saturno y los griegos denominan Phainon, que se encuentra más distante de la Tierra que las otras, concluye su curso en treinta años más o menos. (Exactamente su período de traslación es de veintinueve años y ciento sesenta y siete días terrestres.) […] Por debajo de esta se desplaza a su vez, más cerca de la Tierra, la estrella de Júpiter, que se llama Phaéthon; ésta completa en doce años la misma órbita de los doce signos, y realiza en su curso las mismas variaciones que la estrella de Saturno. (Exactamente su período de traslación es de once años y trescientos catorce días.) Y Pyróeis, por su parte, a la que se llama estrella de Marte, ocupa la órbita inmediatamente inferior; esta estrella recorre en veinticuatro meses, menos seis días, según creo, la misma órbita que las dos que tiene por encima. (Exactamente su período de traslación es de un año y trescientos veintiún días.) Por debajo de esta se encuentra, por su parte, la estrella de Mercurio, la que los griegos llaman Stílbon, que recorre la órbita astral en el transcurso de un año más o menos, [en realidad son 88 días] y que nunca se aparta del Sol en intervalo superior al de un signo, unas veces girando por delante y otras yendo por detrás. La más baja de las cinco estrellas errantes, y la más próxima a la Tierra, es la de Venus, que se llama en griego Phósphóros, Lucífero en latín, si va por delante del Sol, y Héspheros, si va por detrás. Esta completa su curso en un año, (en realidad doscientos veinticuatro días) y, recorriendo la órbita astral a lo largo y a lo ancho, como hacen las estrellas que tiene por encima, jamás se aparta del Sol en el intervalo superior al de dos signos, poniéndose unas veces por delante y otras yendo por detrás. Por tanto, no concibo cómo puede darse, si la existencia de mente, razón y deliberación, esa regularidad den las estrellas, esa coordinación tan grande de tiempos en cursos tan diversos y durante toda la eternidad. Viendo que estas cualidades residen en los astros, no podemos dejar de contar a estos, propiamente, entre los dioses. En realidad las estrellas que se llaman no errantes no hacen sino poner de manifiesto esa misma mente y sabiduría. […] Por tanto, las estrellas no errantes disponen de su propia esfera, separada y libre de unión con el éter (astral). Por lo demás, sus perennes y perpetuos cursos manifiestan, a través de su admirable e increíble regularidad, que se encierra en ellas el poder de una mente divina, de modo que, quién opine que este tipo de seres no posee propiamente una condición divina, me parece incapaz de opinar sobre nada en absoluto.» 

Este conocimiento sistemático de la astronomía se encontraba integrado, en el estoicismo, en una filosofía de carácter astrológico y hermético, como se puede comprobar en los siguientes fragmentos del mismo tratado de Cicerón, en los que se hace mención a diversos rasgos del hermetismo antiguo como el carácter mental de universo, la divinidad y la humanidad de los astros, y la doctrina de los cinco elementos: «Pues bien, una vez reconocida esta condición divina del mundo, la misma hay que atribuirles a los astros. Éstos se crían en la parte más móvil y pura del éter, no están mezclados, además con naturaleza alguna, y son completamente calientes y diáfanos, de manera que, según se dice con gran acierto, también ellos se encuentran provistos de espíritu, así como dotados de sensación y de entendimiento. […] Por eso, siendo que el fuego del Sol es similar al que se alberga en el cuerpo de los seres provistos de espíritu, convendrá que también el Sol esté provisto de espíritu, así como, desde luego, los restantes astros que llegan a originarse en aquel ardor celeste al que se denomina éter o cielo. Por tanto, siendo que el origen de unos seres provistos de espíritu está en la tierra, el de otros en el agua y el de otros en el aire, le parece absurdo a Aristóteles el pensar que no se cría ser alguno provisto de espíritu en la parte que resulta más apta para criar seres así. Son los astros, por lo demás, los que ocupan el lugar propio del éter. Ya que éste es sumamente tenue, está en constante agitación y en constante actividad, el ser provisto de espíritu que en él se crie poseerá, por necesidad, una sensibilidad muy penetrante, así como capacidad para desplazarse a suma velocidad. Por ello, como los astros se crían en el éter, es lógico que en estos se alberguen sensibilidad y entendimiento; de lo que se deduce que ha de contarse a los astros entre los dioses.» 

Lucio Anneo Séneca, otro eminente filósofo estoico, senador del imperio romano, del siglo I d.C., confirma que la filosofía astrológica de origen hermético, transmitida por el pitagorismo, se hallaba implícita en la élite filosófica del imperio romano. En el siguiente texto, el filósofo compone un discurso de consuelo a una madre que ha perdido a su hijo: «No ha lugar, por tanto, a que corras hacia el sepulcro de tu hijo: yacen ahí sus partes peores y más molestas para él, los huesos y las cenizas, no más partes suyas que los vestidos y otras cubiertas de los  cuerpos. Él huyó íntegro y sin dejar nada suyo en la Tierra y se fue todo entero; y tras demorarse un poquito sobre nosotros, mientras se purifica y sacude los vicios que se le habían adherido y todo el orín de la vida mortal, luego elevado a las alturas corre entre las ánimas felices. Lo ha acogido el sagrado cortejo, los Escipiones y Catones y, entre los despreciadores de la vida y los libres por beneficio de la muerte, tu padre, Marcia. Él acerca a sí a su nieto -aunque allí para todos hay un común parentesco-, que goza ya de una luz nueva, y le enseña el curso de los vecinos astros y, conocedor de todo no por conjetura sino en verdad, gustoso lo conduce hacia los secretos de la naturaleza; y como el guía de ciudades desconocidas es grato para el forastero, así el intérprete de la misma familia para el que pregunta con insistencia sobre las causas de los cuerpos celestes. Y le indica que traslade su mirada hacia las profundidades de las tierras; agrada, en efecto, mirar desde lo alto las cosas dejadas allá abajo. Por consiguiente, Marcia, compórtate así, como puesta bajo la mirada de tu padre y de tu hijo, no de aquellos que habías conocido, sino tanto más excelsos y colocados en lo más alto. Avergüénzate de pensar algo bajo o vulgar y de llorar a los tuyos cambiados para mejor. Enseñoreados de las realidades eternas, discurren a su aire por los espacios libres y vastos, no los aíslan mares vertidos en medio ni la altitud de los montes o inaccesibles hondonadas o los escollos de inciertas Sirtes. A todas partes allí van por llano y fácilmente y expeditos se desplazan y son recíprocamente penetrables y están entremezclados con los astros.» Como se puede comprobar, el sabio estoico maneja una concepción escatológica de la muerte según al proceso hermético de anábasis del alma en la atmósfera terrestre y el sistema solar tras la muerte física. Este mismo concepto es el aludido por Platón en la cita del Timeo anteriormente presentada, en el que explica que las almas retornan a su astro correspondiente tras la muerte de su cuerpo físico.

Estas concepciones herméticas no solo fueron características de la filosofía antigua, sino que permanecieron implícitas en la filosofía medieval de corte cristiano, al menos en las más grandes mentes de la época como Dante o Tomás de Aquino. Dante de Alighieri, poeta medieval del siglo XIII d.C., en su obra La divina comedia, cumbre de la poesía teológica cristiana y de la literatura universal, muestra de forma encriptada pero evidente, la doctrina escatológica de la anábasis del alma en el plano astral: «Así vuelva alguna vez, lector, a aquel piadoso triunfo, por el cual a menudo lloro mis pecados y el pecho me golpeo, como en menos que tardarías en sacar del fuego un dedo vi al signo que sigue a Tauro [Géminis, constelación natal de Dante] y me encontré en él de lleno. ¡Oh gloriosas estrellas! ¡Oh luz llena de gran virtud a la cual reconozco deber todo mi ingenio, cualquiera que sea! Con vosotras nacía y con vosotras se escondía el que es padre de toda vida mortal cuando por vez primera respiré el aire toscano [referencia hermético-pitagórica], y luego, cuando se me otorgó la gracia de entrar en la alta esfera en que giráis, me cupo en suerte entrar en vuestra región. Hacia vosotras suspira devotamente mi alma para conquistar la virtud precisa en la difícil empresa que la atrae. […] Recorrí con la vista todas las siete esferas [las siete órbitas planetarias del Sol a Saturno], y vi tan mísero a este globo [la Tierra] que sonreí al contemplar su vil apariencia, y apruebo aquella opinión que en poco le tiene; al que verdaderamente puede llamarse probo es al que piensa en el otro mundo. Vi encendida a la hija de Latona [la Luna], sin aquellas sombras que me había inducido a considerarla enrarecida y densa. El semblante de tu hijo, ¡oh Hiperión!, pude aquí contemplar, y vi cómo se movían a su alrededor y cerca a Maya [madre y símbolo de Mercurio] y a Dione [madre y símbolo de Venus]. Aquí se me apareció el atemperar de Júpiter entre el padre [Saturno] y el hijo [Marte] y aquí se me hizo clara su variación de lugar. Y todos los siete se me manifestaron tal como son de grandes y de veloces y cómo en distintas posiciones se encuentran. La diminuta Tierra, que tan feroces nos vuelve, mientras yo en Géminis girando estaba, se apareció entera, desde los montes hasta los mares. Luego volví mis ojos a los hermosos ojos.» A pesar de las claras referencias astrológicas que estructuran el tercer canto de la La divina comedia, correspondiente al paraíso, en el que el poeta narra el viaje escatológico de ascensión por el cielo hacia el empíreo, plano espiritual supremo, este hecho ha sido despreciado argumentando que el poeta no hace más que reflejar la cosmología geocéntrica de origen aristotélico propia de la Edad Media. Se afirma que Dante tomo este escenario como un simple elemento astronómico típico de época, con influencia ptolemaica, pero que tal hecho no tienen nada que ver con la realidad de lo que pasa después de la muerte física. Estas afirmaciones ignoran por completo las constantes referencias herméticas que el poeta encripta en su obra, y son debidas a la falta de capacidad de realizar la debida interpretación hermenéutica de tales contenidos. Este es el caso de la referencia estilística que hace Dante en este pasaje a la cara oculta de la Luna, y al hecho de que esta sea tan brillante y no posea tantas «sombras». Las sombras de la Luna se refieren a los accidentes de su superficie, que son formados, entre otros fenómenos, por el impacto de meteoritos sobre el satélite. El hecho es que el hemisferio no visible del satélite desde la Tierra, tiene menos accidentes y cráteres que el visible, lo que hace que refleje con mayor luminosidad y menos sombras la luz del Sol, como explica el poeta en la figura «vi encendida a la hija de Latona». La cara oculta de la Luna no se puede ver desde la Tierra debido a una extraña coincidencia del período de rotación y traslación de la misma alrededor de nuestro planeta, pero este hecho referido por Dante, no pudo ser comprobado hasta que, a mediados del siglo XX, para desconcierto de los astrónomos, las fotografías tomadas por el satélite ruso Lunik III de esta cara de la Luna confirmaron el dato que había facilitado el poeta ocho siglos antes.

En la Edad Antigua existían dos paradigmas filosóficos diferenciados, el platónico, que encierra la cosmología espiritual hermética, y el aristotélico, que degrada dicha cosmología a un nivel orgánico materialista perdiendo el significado espiritual. En este sentido la versión oficial es que Aristóteles definió una cosmología geocéntrica que fue desarrollada por Ptolomeo en el periodo antiguo tardío, con el planteamiento de su modelo matemático de predicción de los movimientos planetarios, el Almagesto, hasta que en la Edad Moderna se dio el giro heliocéntrico. Esta es una interpretación de tendencia científico eclesiástica, no cristiana en su sentido original, pero no se ha contemplado la posibilidad de que Ptolomeo apoyara con este modelo el planteamiento aristotélico solo de forma exotérica, más cuando su obra principal, titulada Tetrabiblios, es un tratado astrológico ocultista, escrito en código, cuyo contenido se desconoce en su mayor parte, y en el que se muestra el carácter hermético de la astrología. En la siguiente cita este hace referencia explícita a la cosmología hermética a través de la doctrina de los cuatro elementos: «Es bastante evidente para cualquiera y puede explicarse brevemente que una fuerza específica emana y se esparce de una sustancia etérea interminable y que se mueve hacia la zona que rodea la Tierra. Esta zona esta constantemente sujeta a cambio porque los elementos principales de la esfera sublunar, el fuego y el aire, están rodeados y controlados por movimientos en la zona etérea. Pero ellos mismos rodean y controlan todo lo demás, tierra y agua y plantas y criaturas que viven sobre la tierra y el agua.» Como se puede apreciar el sabio manejaba dos cosmologías, una de carácter ocultista, asociada a sus concepciones astrológicas presentadas en el Tetrabiblos, y otra de carácter oficial, presentada en el Almagesto, desde la que dio apoyo matemático a la versión aristotélica aceptada por las autoridades religiosas de la época. En consecuencia, su apoyo matemático al geocentrismo no se debía a la ignorancia de la naturaleza heliocéntrica del sistema solar, sino más bien a su compasión por el rechazo colectivo que se tenía de la realidad en el momento histórico que le tocó vivir. El modelo cosmológico geocéntrico que se atribuye a los antiguos resulta de una mala interpretación, de origen aristotélico, de la doctrina de los siete cielos procedente de la arcaica filosofía astrológica.

En conclusión, los textos antiguos de astrología hermética, transmiten una doctrina filosófica según la cual se describe al hombre como preso de las fuerzas cósmicas de la necesidad y el destino en el sistema solar, situación de cautiverio inconsciente en el inframundo sublunar, que le impide experimentar una vida verdadera y realizar efectivamente el desarrollo de su conciencia espiritual. Por lo tanto, la astrología en su concepción hermética original supone una disciplina filosófica que ayuda al hombre a liberarse del gran inconsciente, las fuerzas de la necesidad y el destino, por la vía del desarrollo de su conciencia superior. La conciencia superior del ser humano es la conciencia espiritual, que se halla más allá del estado de conciencia psicológica habitual en el que se encuentran las personas desde el momento de su nacimiento, por mediación de las constelaciones zodiacales y los planetas. El desarrollo de la conciencia espiritual significa trascender la región sublunar del gran inconsciente en el que se ve atrapado el hombre, lo que implica el conocimiento preciso de cómo las fuerzas de la necesidad, el destino y el accidente se manifiestan de forma mecánica e inconsciente en el ámbito psíquico a través de la personalidad de cada sujeto. En este sentido, la astrología filosófica de carácter hermético puede ser vista como una forma de metaastrología, es decir, la disciplina que permite al hombre liberarse de la fatalidad del destino y trascender al plano de existencia espiritual.

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